Cada arruga en sus manos contaba una historia. No eran manos frágiles, sino manos que habían sostenido esperanzas, despedidas y promesas. Con infinita delicadeza, cada noche cargaba una media luna dorada, no como quien carga un objeto, sino como quien protege algo sagrado.
Aquella luna no era común.
Se decía que estaba hecha de los sueños de todos:
de los deseos que los niños aún no sabían nombrar,
de las preocupaciones que los adultos callaban,
y de los recuerdos que los ancianos guardaban en silencio.
Cuando el sol se ocultaba y el cielo comenzaba a llenarse de estrellas, la anciana salía de su casa. Con pasos lentos, colgaba la luna en lo alto, y su luz suave se derramaba sobre el pueblo como un susurro de paz.
Esa luz no hacía milagros…
pero aliviaba.
Los niños soñaban sin miedo.
Los adultos descansaban un poco del peso del día.
Y los ancianos recordaban que, aun después de tanto vivir, la vida seguía teniendo belleza.
Una noche, un joven curioso decidió seguirla. No buscaba robar el secreto, sino entenderlo. La observó hablarle a la luna en voz baja, como si rezara, pidiéndole que no dejara apagar los sueños de nadie.
El joven entendió entonces algo importante:
los sueños no se sostienen solos…
alguien siempre los cuida.
Desde esa noche, el joven se convirtió en su aprendiz. Juntos, se aseguraron de que la luna brillara cada noche, recordándole al pueblo que mientras existan sueños, siempre habrá esperanza.
Y así, aunque el tiempo siga pasando, en ese pequeño pueblo los sueños nunca se apagan…
porque siempre hay alguien dispuesto a sostener la luz 🌙

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